sábado, 1 de noviembre de 2008

DIURNOS 1




1
El reflujo del miedo
traerá la sal de la visión.
El sol,
en tanto
uncirá bueyes para llevar el día,
levantará la cresta de las horas
y conducirá la tarde a sus abismos.
El reflujo del miedo
hará que mengüen
los aullidos de los orcos
escondidos detrás de las lumbares.
Ya no habrá invasiones
de negras mariposas
de sombríos coleópteros,
detrás del parabán del tiempo,
detrás del vientre del espejo
en el quehacer cotidiano de los duendes
que atraviesan con sus espadas tenues
la cubierta amarilla de las horas.
El miedo retrocede.
En sus lomos se alejan
los tropeles de arañas
y las visiones majestuosas
aprietan el péndulo de las miradas
y cubren los segundos de hectoplasmas,
de vacio.
de nada
de silencio.
En suma,
del huracán de la negrura.
Ahora brilla el sol
y camino descalzo
el tibio,
el enomre cuerpo de mi tiempo.






2
Entre cascabeles el día
se arrastra,
gusano de mis sueños,
buscando la noche
como un amante contradictorio,
obstinado
azul y lánguido. Las lejanas montañas
miran sin ver;
simulan ceguera,
se unen al cielo y disimulan
sus lentas corrientes
sus carismas cuadrados,
sus penas y sus risas
sus agudos silencios.
Entre cascabeles el día
abre horizontes,
incendia sabanas
y pone a dormir los dolores antiguos
detrás de las cumbres lejanas,
de los ríos ignorados,
de las lánguidas miradas de los becerros
de las nostalgias inacabadas
que se pierden en los albañales.
Suenan los cascabeles
con sonidos azules, con maracas y panes,
con silencios y gritos
en la extraña síntesis del atardecer
detenido, suspendido
mientras un silencioso escabel
corre entre los abalorios de la noche
hacia la muchacha muerta
con su cortejo de insectos y de pájaros negros
marchando hacia el crepúsculo.




3
La mañana se despierta
como un alienígena perdido
cargado de nostalgias,
con la desesperación latiendo en su costado.
La mañana se despierta
con sus nubes, con sus cuadros
con sus alegorías,
con sus símbolos que corren
rojos y azules. Una lágrima
salta de pronto
como un animal húmedo
que escapa por las rejillas de la luna.



4
Huir hacia ese paisaje fugaz
que a veces se tiende
en el fragmento roto de una tarde,
en el brillo del sol sobre el lago
donde la sombra de las copas
juega con la tierra
y entretiene la hierba;
la hierba
tan llena de insectos opacos,
tan llena de recuerdos silentes.

Ahora,
mojo mis manos en el arroyo
y mis palmas quedan lisas
como las de un recién nacido.
No hay recuerdos;
sólo las uvas al alcance de mis manos
y alguna paloma que llega a curiosear
y la tibieza de todas las tardes
emergiendo del sol verde
que alumbra desde el centro de la tierra

Cosquillas de nube.
Pájaros elementales cruzan a lo lejos
el cielo que marcha hacia el poniente.
No hay nada atrás,
nada adelante;
tan sólo un gorgoteante rumor
que pueden ser las aguas del arroyo
el extraño canto de un jilguero
o mis lágrimas viejas
que se escurren como buitres cansados
hacia la hierba



5
ha llegado este día
con olor a mordida de perro
despojado, peregrino, harapiento
con monedas torcidas que no dejan
de colarse en la ranura de la pesadumbre
de leprosos, harapientos y mendigos
María Eugenia Caseiro
Ha llegado este día
del cual preferimos huir
por los techos,
por las azoteas
antes que amanezca.
La luz rosada de las nubes
vomitará angustia
en medio de un viento helado
que insuflará vacío
entre el cielo y la tierra.
Al mediodía
se levantarán banderas grises
en todas las bocacalles. Nosotros,
náufragos de la felicidad,
encontraremos refugio en los barrios olvidados
donde el silencio tose y el olvido
es una mujer desnuda
sentada en el trono de la tarde.
Ahora
la tormenta de resecos panes
azota las banderolas y las ruinas.
Construyamos el arca
en nuestros esternones
para un amanecer silente,
brillante,
rotundo
como los atardeceres de la infancia
con su carga de pájaros,
luciérnagas
sueños a paso vivo
y alguna lágrima



6
El mediodía
se transformó en una montaña de luz:
arroyos cristalinos
recorrieron laderas de neón
y niños descalzos y con sueño,
transitaron valles, ríos
hodonadas dulces y profundas.

El mediodía
se transformó en una gran montaña
con una cueva en su base
y un remolino de alegrías
y un colmillo verde que cayó de pronto
y golpeó en la cabeza del viejo que regaña
a los niños de al lado
y todo fue risas
y plumones de sol
y alhelíes desiertos
por falta de tristeza.

El mediodía
se fue transitando melodías
y la montaña
se convirtió en una profunda sima
y al llegar el crepúsculo
encendimos velas perfumadas,
tomando el fuego
de las nubes violetas que bajaban
a ras del suelo

Alguien
recogió un sueño del sol
y lo guardó en un´ túnel.
Ahora la noche brilla desde abajo
con el humo verde
fluorescente
de los huesos de quienes
lograron morir entre la risa.





7
El día se tiende como un manto:
una joven descalza llena los cántaros
con su carne fresca,
tierna,
con la brisa turgente
sobre su piel.
Su piel
que lacera rosas;
su piel
que amasa alhelíes.
su piel:
una explosión de mundo
mientras el día
marcha hacia su mitad,
hacia su centro,
hacia su eje amarillo,
hacia el canto secreto de algún pájaro
que murmura los misterios del sol
Ahora te marchas
descalza, hollando la mañana
con el fantasma de las nubes
en el cielo,
en los sueños azules,
en la grama roja
y en los insectos violetas que te esperan
cuando el crepúsculo avanza
y castiga el asfalto de la noche.




8
A veces pierdo el día
y me extravío
en pasillos de sombra que no cesan.
Allí perros salvajes
entrenan sus colmillos
que sueñan con gargantas
tan claras como el mediodía.
En alguna parte del afuera
el día se estrena
y se estrena
Es una novia ansiosa
con sus carnes abiertas a la noche.
Sigo descalzo
entre murciélagos y catacumbas
pisando jugo de cadáveres
mientras en el afuera
la tarde retuerce mariposas
y el animal de la luz
extiende sus fogosos terciopelos
en el largo camino camino
que conduce al crepúsculo.
En tanto las cucarachas
estallan bajo mis pies desnudos
mientras busco la luz entre las sombras,
la tierra entre el cemento
y el canto de los pájaros nocturnos
en la voz del silencio
El día arrastra carros luminosos
y me llama
desde los últimos cuadrantes del espacio.




9
El día es un cisne anclado en la memoria
Maria Eugenia Caseiro
septiembre 21/04
Lento plumaje del sol.
Tan tenue
que una caricia es un golpe
y una mirada de tus ojos
un rayo vengador.
Truenan los trinos de la tarde
mientras los pájaros desorientados
encuentran en el cielo
el amanecer después del mediodía,
cuando las gargantas arden de amor
y las piraguas se hunden
en el próximo crepúsculo.
El día real
es el día que recuerdo
no esta suma de calores y de luces.
No este cisne envejecido
que se prende
a la garras de los carabanes.
El cisne que habita mis recuerdos
me guía a lo profundo del día.
A la fiesta sin nombre de la luz.






10
Cuando atardece
suelta perros la niebla
el humo blanco
que traspiran las montañas,
que destilan las rocas milenarias
que entroniza el dolor
esa cuadrada angustia
como una línea errónea
que levanta olores y zamuros,
que atraviesa peces y arandelas
que derrumba dragones en la tarde
negros reptiles de las horas
cuando el sol resbala entre silencios
y la muchacha del crepúsculo
camina descalza mis silencios
Ahora
mueren las hojas del otoño
en los recuerdos morados
en los recuerdos grises
en las azules horas
cuando el monstruo de la noche
fragua las lluvias de mañana.




11
El olvido resplandece entre pendones.
Cae la tarde. El día
es un bloque de sol,
una salina yerta. Un vacío
que espera ser llenado.
Bajo el cielo azul
y los crepúsculos tornasoles,
la nada sopla sin cesar
pretendiendo derribar todos los centros.
Los pájaros nadan en el aire
con la certeza de las ramas
y seguimos aferrados al arbusto
que creciera en el patio del fondo
Nuestros versos son gusanos
que aguardan impasibles
la primavera próxima
El olvido sigue destellando,
explotando de luz
en sus afanes hacia adentro
en su búsqueda de la angosta calle
huérfana de faroles y de niños,
de retrasos de hojas y alabastros.
Te espero, voz de mis silencios.
El olvido es un dragón al que cabalgo
en busca de los perdidos horizontes.





12
Inauguras en la tarde
un festival de sueños
antes que la noche abra sus fauces
y el día sea un bocado delicioso
con su encaje de luces,
con sus lentas nostalgias
detenidas por el sol.
El día, sutil
como el té que nos sirve tu madre
mientras cruzas tus piernas
enfundadas en medias de red,
mientras ajustas el tacón de tu zapato
y tu cabello se suelta
y tu pecho se escapa por la blusa.
Abres en la tarde
un festival de sueños
y el sol se escurre por tu cuello
como un amante ocasional
mientras los grillos espectrales del día
ahuyentan las lechuzas tenues
que preparan la noche
conspirando,
intrigando,
haciendo sonar suavemente los aceros
de esa lucha que se disponen a librar
en medio de los campos del cielo
en medio de las cataratas de llanto
que amenazan llover todas las eras.
Ahora
tu madre me pregunta por mi edad,
me mira detrás de sus gemelos
sin ver a su espalda
las fauces de la furiosa luna
dispuesta a devorar su aura.
Duerme la aurora y las golondrinas
se preparan a volver al otro mundo.




13
Basta de caídas en la sombra. Basta
de convertir el día
en una cueva de hombres y de cerdos.
El sol brilla
Caen las frutas maduras. Las hormigas
cantan su silencio a la alborada
Siempre muere un grillo. Siempre
se colapsa el sueño:
lo necesario
para tomar el impulso de las horas
y saltar la atalaya del dolor.
Basta de basuras esparcidas
en la bolsa acariciante del pasado,
en la mano huesuda
que hila las hebras de la luna
mientras el pájaro innombrable
entona su silencio estropeado
Suena un tango
y un par de bailarines
se lanzan de la sutil barrera de las horas
al corazón del tiempo,
a la blanda carne de las sierras
tenues como la luna.
Un lagarto
volará hacia el crepúsculo
buscando el corazón de los océanos.




14
Éranse un día y una noche
entre otros
Muchos otros,
tantos
que el instante es una arcadia solitaria
recordando el paso
de innumerables caballeros
muertos en el polvo del camino.
Éranse este día
esta noche
transidos de dolor y de armonía,
de risas y de muecas,
de monos
y de mujeres bellas
caminando descalzas
las tenues cornisas del crepúsculo.
sabiendo
que en un día están todos los días
contenidos
uno en otro,
apurando sus fluidos
como encerrados en cajas chinas
en aprontes de luz y de sombra
en silencios y trozos de pan
que se riegan tarde a tarde
mientras los pájaros devoran
macilentos
silenciosos,
el tema azul de tus pasos
descalzos en el gran mediodía,
aquel que siempre se remonta
un minuto después
de la montaña de las horas.
de estos pasos perdidos
entre los fragores
que preceden a la noche.
Los cuerpos desprenden el sudor del día
y los cuervos sueñan
con palomas muertas
volando a las estrellas.



15
Hundidos en alguna negrura
que no quiere marcharse,
que no quiere hundirse para siempre
en la profundidad de las aguas,
no sabemos deletrear el mensaje
que encierra el mediodía.
El sol sobre nuestras cabezas
teje sombreros luminosos
e inciertos callejones
donde los gatos aúllan
su ansiedad de lejanías.
El sol sobre nuestras cabeza
hila sombras
y sombras
cargadas de poemas.
Y el día sigue guardando su secreto.
Se presenta
joven descalza a la que vemos
cegados por la luz
hablando de aquello
que hace vibrar nuestras entrañas
pero no escuchamos
atronados por el sonido del sol
por los decibeles sombríos
como insectos suicidas,
como ratones de felpeada piel
devorando nuestros minutos tenues
devorando nuestras miradas tiernas
Ahora
el carrusel del sol
se lanza desde arriba
y nos anega.




16
Disuelvo todas las cadenas
me quito los guantes, los zapatos,
el aro de sol sobre mi frente;
limpio de mi aura
los hedores a calabozo
y dejo que mis versos retocen. Los miro:
niños en el jardín de la tarde
cuando una joven desnuda y solitaria
recorre las flores una a una
y mira pasar las sombras lentamente
Una mariposa
recoge con su trompa
el cadáver del crepúsculo
perfumando luces desde su muerte
desde sus ansias
de beber los rebuznos
de las eternas lejanías.
Atraviesa el norte
un enjambre de abejas
y la poca luz se cuela entre mis dedos
mientras los versos lamen mis pies
como cachorros recién nacidos
como dinosaurios pequeños
habitantes de un mundo extraño,
teñido de claroscuros,
de sones de violín,
de llamados de silencio
Un diáfano arcabuz
lanza sus saetas de sal
hacia las cuatro.




17
En esta tarde un beso
corriò, animal pequeño
de piel verde y dorada
por cables de teléfono,
por gritos en la brisa
por senderos de bruma,
por fantasmas desiertos
que alborotan y ríen
al final de la arcadia,
en las plazas vacías,
en la mirada triste
de la muchacha que recorre descalza
su lento camino hacia la noche.
Sigue subiendo el beso:
es un globo de helio,
la mirada de un niño
y el día lo recoge
en su seno blanco; en su mixtura
de atardeceres y caminos
mientras la noche crece:
pequeño embrión lustroso
en medio de la luz.




18
SONIDO
La rosa es la rosa como la escopeta
es la escopeta el misil la locura
extrema
© Rada, Montevideo, 26/10/04, Uruguay.
A la rosa le duelen las espinas
una a una.
Sutiles rayos
que se abren como suaves avispas,
suben,
bajan del sol
devorando alboradas.
A la rosa le duele el tallo
y el corazón.
Del cielo llegan tigres
y jirafas
y azules y convexas arañas
mientras la rosa desfallece
con el sutil veneno del recuerdo.
El día madura como un pan,
se carga de jilgueros
de médulas de insectos
de océanos virtuales
de espectros desolados.
La rosa se levanta
invocando
fantasmales deidades
mientras las nubes resurrectas
forman un piso inmaculado
repleto de terrones y de tardes.
La rosa se rebela de pronto
y estallan dolores y colores
en la cúpula amarilla de la tarde
en los silentes paseos de la noche.
A eso de las cuatro,
descalzas rosas inauguran
la venturosa marcha de las plantas.
Ahora
hay pétalos que se disuelven en la brisa
y el día se nos abre
como una nueva amante



19
Diría que animales de la aurora,
porque lanzaban fuego y volaban muy alto.
La ciudad despertaba mientras ellos
cruzaban los senderos de los aires
Dolors Alberola

Suaves,
terribles animales:
quizá una mezcla extraña
de dragón y leopardo,
se lanzan a los sueños desde el cielo
justo un momento antes
de que explote la luz.
Se agitan los niños; los mayores
eyaculan, se mojan
y recorren kilómetros
en el país imaginario
que los alberga en la alborada
Los animales
sufren
lloran
ríen,
gozan
se alimentan y copulan
en cuestión de segundos.
Mueren después con un suspiro
y el día invade el mundo
con sus blancas garras
con sus gorras de sal y de latón
con su batifondo
odiando los silencios
sepultando cadenas y miradas.
Los animales de la aurora
nadan en ríos ocultos
debajo de las últimas piedras
para salir en la siguiente mañana
cuando la noche
cultiva su agonía entre estertores.



20
Caen las orejas del día,
primero una,
luego la otra.
Caen
y no dejan de caer
por la montaña azul de los sueños nevados
donde los dragones dejan sus huevos
para que los fecunde el otoño.
Caen y no dejan de caer
como sierpes silentes
como olvidadas ciénagas
repletas de culebras,
cargadas de sombras.
Caen las orejas del día. Ruedan
como mis penas
como mis vientres abultados
que desde su desnudez de ombligos
ruedan y ruedan
por alboradas negras
por ajorcas plateadas
y por crímenes huecos
perdidos en la entretela de la tarde
21
La mañana se despierta
como un alienígena perdido
cargado de nostalgias,
con la desesperación latiendo en su costado.
La mañana se despierta
con sus nubes, con sus cuadros
con sus alegorías,
con sus símbolos que corren
rojos y azules. Una lágrima
salta de pronto
como un animal húmedo
que escapa por las rejillas de la luna.
22
ANDANZAS DEL AZUL
Saber que en días nublados
guardamos el azul
en un cofre invisible
matrizado desde siempre
allá en el horizonte
donde ollas eternas hierven
sobre los eternos fuegos
que vemos en las noches de setiembre
Saber que en días nublados
guardamos el azul
en el corazón de las pequeñas gotas;
de la más pequeñas
que atraviesan el sol que estuvo siempre
sobre los cielos negros
sobre los cielos grises...
Es en los días nublados
cuando podemos
animados por el sagrado ardor de los cometas
cruzar las ventanas despintadas
de la luna
no menos eterna que las tardes
que guardan en cajas de silencio
el corazón de todos los sonidos
Saber que en días nublados
el corazón de las estrellas
hace crecer pezones en el cosmos
con la dimensión de nuestras bocas
para nuestro alimento de infinitos
Y desde las tardes despejadas
se pliegan los corales
como torneadas jóvenes
bailando,
con movimientos que nos acarician
aún sin tocarnos,
hasta que una de ellas
cae muerta.
Cae muerta
mientras la implacable luz del infinito
alumbra su desnudo cuerpo inerte
y las demás se inclinan un momento sobre ella
y se retiran
Se guardan a sí mismas
en el azul,
en el azul eterno,
en el ir y venir
de las inexplicables golondrinas
que cruzan raudamente
el interior contaminado
de los oscuros baños de las plazas.
Ahora
el azul es un paso, una palabra
una mirada yerta
del claro universo de tus ojos.
23
... Los ancianos y los niños, en rodajas
cambian sus pedazos en un juego
en que los dados de colores de los ojos
y todas las esferas de sus cuerpos
se lanzan por las calles arrollando
toneladas de confusos tiempos.
Maria Eugenia Caseiro
diciembre 14/04
Si fundimos el tiempo en el espacio,
al llegar el mediodía,
la mañana quedaría tan lejos
como una amante abandonada
en plena juventud.
La recordaríamos
emergiendo entre bloques de sal
en un continente perdido,
en medio de sarabandas y gavotas,
de trinos de iguana
y sueños de gorriones.
Si traspusiéramos el tiempo en el espacio
para llegar a la noche
deberíamos atravesar galaxias
y dejaríamos la vida
en los desfiladeros
con los ojos desorbitados
en visiones de estrellas y de lunas,
de aire tibio y perfume de muchachas.
Ante la lluvia,
con la garganta seca
perseguiríamos el agua que se derrama
de las últimas nubes
mientras un pájaro muere de amor
y otro se aleja.
24
El niño del día
juega con los rayos y las serenatas
que se quedaron prendidas
de la noche antes,
de viejas estrellas pendulares
que adormecieran lentos parabanes,
que cerraran ojos y silencios.
La silueta del niño
lleva y trae mariposas,
caracoles,
pétalos sueltos
de las flores del parque.
Hay un jilguero rondando las cosas,
el impecable entorno de los entes;
hay un atardecer en forma de disco
y una mirada de clavelinas, de azahares,
de calientes silicios
El niño en tanto
prepara las lluvias
en sus calderos de canto
Se apura. La tarde
se cierra como una amante satisfecha
con el vientre lleno de sueños
y las sienes
ahuecadas de sombras.
Ahora
truenan silenciosas las estrellas.
25
Crujen los círculos sedentarios
al ir por la carretera
y rodar
y bogar.
Lo que encontremos
en el segundo recodo de los sueños
volverá a aparecer en los mundos.
Aquellos
que afloran en esta tarde serena
cuando un anciano llega a la plaza
y sonríe a las flores.
Lentas serpientes de algodón
caen desde el sol
y se prenden de la costura de las cosas
y levantan el velo de los días
y almuerzan la luz
que caracolea en los rincones.
Crujen los círculos.
No dejan de crujir
mientras los pedales del día
avanzan sin ton ni son
con su hambre de abismos
de paredes
cortadas a pico;
con sus sueños suicidas.
Crujen los círculos
enredadados en el crepúxculo
como tus cabellos
prendidos de mi sexo
cuando la tarde se enangosta
y cae en las entretelas de la noche.
Gocho Versolari
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