martes, 19 de octubre de 2010

Dukkha y el Cadáver (de "Cantos del Samsara")





Dukkha se acercó al cadáver,

se quitó la ropa lentamente,

cerró los ojos y su cuerpo

brillo en el principio de la noche.

Al sentirla desnuda,

el cadáver se despertó con sed;

en mitad de la muerte

había escuchado hablar del vino negro

que destilan las orillas del mundo

y devuelve la vida.


(Unas horas antes, Dukkha se había desnudado para mí, calmando y alimentando la sed que engendraba su piel blanca y brillante como la luna en los estanques de Palermo).



Se destilaba el cielo en el largo cabello de Dukkha

Sus rizos se llenaban

de cucarachas y de astros

Sus pies penetraban la tierra

con sueño de raíces.

Sentado en su ataúd,

repetía el cadáver:

Dame vino por favor... Dame vino...

y acomodaba los ijares

mientras la fronda del cementerio

cerraba sus mandíbulas

en torno a luciérnagas azules

que iban y venían

de lo profundo de la tierra


(Dukkha restregaba sus manos y agitaba sus caderas. Sonreía suavemente; las montañas lejanas parecían emerger de su cuello y las estrellas mordían la curva de su frente.)


El agua o el vino que pueda brindarte

- dijo al muerto -

harán crecer tu sed

y lograrán que vuelvas

una vez,

y otra

a sufrir iluminado por las lunas

calientes como puños de sangre

Si me amas retornarás;

rodarás por cañaverales;

te ahogarás en las quebradas negras

envejecerás y llegará la muerte

cuando el sol degüelle golondrinas

y la noche arañe los sueños de las niñas.


(Dukkha, me enloquece tu piel cuando disuelve los atardeceres como un grito alcalino, como una mayo yerta y te deseo aunque deba atravesar la muerte vida a vida; aunque brillen los eones y los kalpas ardan uno tras otro, como las cuentas de un rosario).



El demonio Mara

arengaba a las nubes del crepúsculo

El cadáver se podría; los gusanos

batían su vientre, sus jugos y su alma

El olor embriagante de Dukkha

lo hacía pedir vino con los labios hinchados

No importa que tu cuerpo siga inmóvil

- siguió Dukkha -

Yo alimentaré tu sed de movimientos

y volverás a la noche y a los días

a caminar las calles y a encontrarme

en rostros de muchachas,

en parturientos vientres,

en estertores de los que agonizan.

Mira el demonio Mara:

el se ríe de tu sed y la alimenta.

Su mano se mueve con la mía

sus labios vomitan mis palabras.


(Y besaste al cadáver con tus labios rojos como la sombra de las estrellas y me estremecí al ver tu cuerpo junto al sueño de los buitres; a la carroña de la tierra).


El hombre muerto suspiró

al recibir el beso de la joven

Afuera la llovizna

empapaba los senderos

y saciaba la continua sed

de las lenguas de la fronda.

El beso de Dukkha

llenó la boca del cadáver

de víboras calientes

que se arrastraron en sus intestinos

y colgaron dentro de su cráneo

las semillas de las existencias,

dispuestas a engendrar otros tiempos, otros flujos;

otros aullidos del cielo y de la tierra.


(Me alejo Dukkha, bajo la llovizna que tiñe mi sombra de plateado , que me llena de peces y penumbra. Me alejo, Dukkha. Espero verte en mi pequeño cuarto, desnuda en el crepúsculo, cimbrando entre las sombras. No me importa volver al sufrimiento mientras tu carne blanca se convierte en líquido para saciar estos instantes, cuando el aire se enciende y muestra el mundo sus costuras de luz. Me alejo, Dukkha. Arriba, brillan los muertos y explotan las estrellas).


Gocho Bersolari