miércoles, 29 de mayo de 2013

Lenta y Romana Muerte






Negra,
alba,
vestal,
sola,
desnuda.

  Hace dos mil años te arrastrabas en las arenas del Coliseo mientras el cielo romano empollaba buitres de alabarda, cuervos de porcelana y arañas de caoba. Sólo guardabas en tu mano una piedra verde que te había dejado tu amante y en tu espalda los miles arañazos del sol de la hora media.

Desierta,
caída;
cielo,
tierra,
debajo.

El público clamaba tu reptar por las arenas leves, por las cuadradas hierbas. Clamaba la muerte lenta no la rápida en los dientes de los leones o en la punta de las espadas. Sería inútil que el emperador bajara su pulgar. Ninguno de los soldados cortaría tu cabeza o te acuchillaría en el vientre. Esa era la orden. Todos estarían atentos al sol caminando lento sobre el azul del cielo. Los centuriones comerían hojas de albahaca con mendrugos de arroz y vino griego.

La vida,
el vientre,
el viento,
la tarde
romana;
La romana
muerte

Moriste al principio del crepúsculo como estaba previsto. Moriste sin espectáculo, aunque la multitud bramara al ver tu vida como un breve y brillante chorro cayendo sobre la arena. En un instante todos se marcharían y esa noche el emperador pediría una esclava de Jonia para su lecho. Dos días más tarde lo envenenarían sus generales.

 Después serás tan sólo
un rebelde recuerdo 
que se filtra y se filtra
en las cónicas nubes de la madrugada. 

GOCHO VERSOLARI

Ilustración: "El Sueño" -  Paul Delvaux
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