viernes, 21 de junio de 2013

Descalzo en el Reino del Metal (7)









 Descalzo
sobre tenues y oxidadas láminas
que se devoran a sí mismas;
estériles metales de la tarde
que gimen y que imploran
la bendición del sol.

Los pies desnudos, desnudos aglutinando los soles de la tierra, con los muertos que descansan en el humus, habitando un palacio de hojalata oxidada en las cavernas azules del dolor.


Sangran mis pies
contra los filos desiguales,
contra los monstruos sugeridos
que me toman del sexo,
que me arrojan a un pasado
donde los clavicordios del recuerdo
arden con azules llamas,
gritan con aullidos azabaches
y se estrellan
contra los bosques del crepúsculo.


Los pies desnudos, desnudos, contra un elefante de metal que gime oxidado, rechinante desde el aire, desde el viento desde el azul lomo de las nubes.


El elefante de la tarde
lleva la luz sobre su lomo
y supura el sol en mi entrepierna
mientras pisoteo los metales
arrojando mi sangre
al centro de la tierra.

Una columna de monjes recorre la senda que arrastra  el cielo y que culmina en las planchas de metal que la noche tiende para que las camine descalzo. Bruñidas. Tensas. Filosas como tu sonrisa cuando dieron las doce en el centro de tu ausencia

Tronarán catedrales de bronce
al verme descalzo
caminando la bruñida noche
cuando el tiempo
allane los filos,
las miradas
el jugo de los soles
sobre el manojo sin formas y oxidado,
sobre los sueños grávidos
sobre los pasos ligeros de los niños.

Los pies denudos, desnudos. Tenues rostros de fantasmas que se arrastran entre los metales sangrantes, los metales vivos, aquellos que desde hace milenios no descansan por haber atravesado hombres, vallas de carne y haber engendrado este silencio; silencio embudo que transito descalzo. Mendigo del tiempo.


Ahora
trepo descalzo a la montaña de metales.
Mis pies ya se cansaron de sangrar
y amanece en mis plantas
un sol verdoso y enlodado;
se despliega
la entraña de las últimas estrellas.


Gocho Versolari

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