sábado, 24 de agosto de 2013

Algunos pájaros anidaron en tu seno derecho




Entras rampante por la puerta
que la noche acaba de abrir con su boca redonda,
 Ciega,
negra de tanta luz,
entras con la mirada fija en el cuadrante de la esquina
donde un universo se vuelca en la luz del farol y en el juego de los niños
Persigo tus huellas desnudas como un menesteroso
Tu belleza es tan sólida,
que podría cortarla el facón de un malevo.
Tu belleza carnal,
a la que muchas veces trozaron los matarifes
y la arrojaron a los perros hambrientos del Dock Sud.
Pero ahora regresas triunfante
con tu piel tan clara como la leche de la noche
cuando se vierte lentamente sobre el lago
 En el suelo mi rostro
está a la altura de tus talones blancos, de tu indiferencia abisal
y miras a lo lejos las salinas
extensas como el planeta
y dices que hay que remover la sal, devolver el verde a la grama y la humedad a la tierra
que debajo de tus pies desnudos gime como un enorme gusano marrón
y la luna verde del final del kalpa
se agita
y las estrellas van y vienen,
enamoradas del fluir incesante de las cosas.
Algunos pájaros anidaron en tu seno derecho,
exactamente debajo del pezón,
donde una abertura tibia protege los pichones
en ese gesto inevitable 
de reproducirnos a toda costa
que tenemos los seres del tercer planeta. Cae una lluvia débil
que aumenta tu grandeza
y la palidez de tu talle desnudo
al que quisiera tomar con mi brazo en el sueño de un sueño.
El día es un fantasma en medio de la noche.
La alborada es un deseo lejano, una fantasmagoría
para las flores que sólo viven entre las tres y las cinco
y que al verte agonizan en paz
creyendo haber contemplado al propio sol.

GOCHO VERSOLARI
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