viernes, 9 de agosto de 2013

La Amarga Cicuta del Crepúsculo (Semblanza de una danza ritual y un tanto sangrienta)





Invoco a los dioses ocultos en los choclos
y en la madera de los árboles
que observo desde mi ventana. Diariamente
elevo ofrendas a las divinidades que se arrastran,
las que en la tierra abren 
las puertas de los cielos.

Cuando los conjuro en la tarde
con semillas de girasol y leche de sol,
apareces descalza desde el norte
y bailas en el pequeño prado del este
y sólo yo te veo bajo la entresombra
y el ruido azul de las nueces que caen sobre la tierra.

Luego me ofreces bajar al inframundo
a conocer las entrañas de los dioses
que llenaran las preces del almuerzo.
Los vecinos del fondo sólo verán tus huellas
sobre la tierra húmeda,
sobre las gradas de cemento,
sobre el barro del estanque,
mientras buscas una entrada al mundo oculto
en una cueva de conejos,
en una gruta abandonada
o al hundirte en un remanso del lago
para atravesar viejos peldaños, columnas dóricas, recuerdos que flotan como algas
en la corriente repleta de cornejos.
 (El mundo de abajo
es siempre un enigma en la brisa de setiembre).
Me limito entonces
a musitar mis invocaciones en el idioma antiguo,
a conjurar al espíritu del pan
para que me proteja del enorme vacío
que deja entre los árboles tu danza
Con la partida de tu pequeño cuerpo
 la alegría se aleja
y sigue tus desnudas huellas,
mientras me siento estoico en el borde del abismo,
dispuesto, decidido
a beber hasta el fondo
 la amarga cicuta del crepúsculo.


GOCHO VERSOLARI

Ilustración: Serge Marshenikov

Publicar un comentario