miércoles, 13 de agosto de 2014

La Mezquita de la Piedra en el fondo del Pantano.





En el fondo del barro
he visto la sombra luminosa de la Mezquita de la Piedra.
Con su domo brillante en el enorme mediodía, bajo el sol vivo que lanza un hilo desde el ápice del cielo, que perfora cada una de nuestras cabezas y nos llena de luz.
desde los intestinos a la coronilla.

Ven
me decía la Mezquita con su aliento de cosmos. Ven,
abrázame en las profundidades y en las cumbres. Recuerda
cuando antes de ser hombre,
fuiste una piedra molida y luego aglutinada,
con la suavidad del viento y el tesón de las montañas. Ven
- repetía la Mezquita de la Piedra -
atraviesa la madrugada de la creación, el paraíso de los bienaventurados
y desuella uno a uno los amaneceres de tu vida
para convertirte en otra cosa, animal bruñido por mil soles. Eleva un túmulo, un altar, un panteón
a la traspiración de tus axilas
al aliento cuadrado de tus tardes
a tus límites de hombre que se disuelven en la lluvia
y que buscan los ríos para derivar en la eternidad.

He visto en el fondo del pantano
la suavidad luminosa de la Mezquita . Era tarde en la noche. Los ahorcados
cantaban sus coros de silicio
El domo dorado emergió del barro
y vio mi desnuda marcha por el sendero norte
Las estrellas llegaron galopando
y reventaron contra la brisa con un grito de júbilo. El horizonte
imitó el domo dorado y la luna se derrumbó sobre tu vientre
en la cuadrada casa de las tres y luego
llovió sobre la locura de la noche eterna, de la noche cerrada, de aquella
que guardara mil llaves en su vientre
para que seleccionemos sólo una. En el barro
el domo brillante me promete la espera
en la madrugada azul 
de las estalactitas del cielo, de los miedos con forma de paraguas.

De las manos del sol. 
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