jueves, 19 de noviembre de 2015

La casa y la nada





La casa, agónica paloma
se pierde en la entresombra del crepúsculo
Lejos ya la mañana
en que adornamos sus paredes
con pendones de vida.
La noche se acerca
y deriva como una barco ciego
hacia los montículos monstruosos,
hacia las sombras ominosas de los mares lejanos.


La casa que construyéramos tan fuerte,
tan inmensa
es una anciana débil a punto de la muerte.
Como el viejo Thor cuando luchara
contra la propia vejez de todo hombre.
Como Hércules que no pudo
contra su propia angustia.


Ahora la casa
se pierde en las esquinas de la luna
se disuelve en los pájaros nocturnos
y la beben
las  luciérnagas 
leves de las tres.

Ya la llevan las sombras, la atenazan.
No importan las luces del cuarto de los niños
ni el humo de mi pipa ni la sonata a Kreuzer
que suena blandamente en los peldaños.
Todo se hundió en la sombra
con graznidos agónicos. Escucho
el ladrido gris del cancerbero;
crucemos la Estigia del insomnio;
crucemos la tormenta silenciosa
que siembra buitres en los arrabales.

La casa no es más que cuatro bloques
en los picos de un ave garuda gigantesca.

Me dices que espere la alborada. Te respondo:
está tan lejos
como el sueño de Nimbautar donde se hundieran tus responsos
como el alma de ese niño
que muriera en tu vientre
cuando la primavera lanzaba discos negros a tu útero.


La casa es sólida; suena la música de Mozart,
pero navegamos en el mar de la nada
oculto en el cantar de las cigarras,
en los insectos adoradores de la luz
que viven en la sombra más profunda
y que llevan los cimientos sobre sus alas
aunque sintamos inmóvil el piso que pisamos.

Entonces te desnudas invocando al sexo
pero mi llanto continúa
tenue, pertinaz: el cencerro de Moloch
y tu cuerpo se abalanza sobre el mío
y te digo que no podemos detener la nada
con los pesados pájaros que emergen de la carne,
con la sombra de Eurídice. No puedo
bajar al Hades porque en él estoy contigo. No comprendes
que es falso el bosque, el rumor del viento. Nos hundimos
en las profundidades de un abismo negro
y esta noche ya no tendrá alborada.

He logrado que llores. Ya no verás la luna,
sino el velo de una novia suicida.
No escucharás el canto de los pájaros,
sino el suspiro de tu niño agónico
y a eso de las cinco haremos un amor acuoso
amasado con sangre invisible que el viento nos aporte
y no habrá árboles redentores ni ángeles, ni cantos
de coros celestiales.

En este punto
surge el sol como una risa súbita
y yo me hundo en un cielo sin estrellas.

GOCHO VERSOLARI


Ilustración: raphaella_glow_by_passiontocreate
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