jueves, 8 de septiembre de 2016

Desnuda, inmóvil, con la cabeza reclinada.




Dentro de tu ombligo hay una tormenta tan pequeña
como el silencio ambarino de una ameba.
Cuando beso tu vientre,
escucho los truenos:  súbitos estornudos
de ese  virus azul
que podría inocularme
 una repentina felicidad
y  me obligaría a bailar desnudo por las azoteas
y arrojarme de los soportes de las ventanas
y rebotar en la masa de aire caliente,
repleta de niños
a pocos centímetros del asfalto.
Con un salto volvería a tu lecho
donde descansas desnuda,
inmóvil,
la cabeza reclinada,
mientras el sol de la tarde
 se impacienta en tu vellón.

La tormenta diminuta baja hasta tu sexo
y me lanzas  un par de rayos que rozan mis empeines
y  se detienen en mis dedos gordos
y hacen estallar de amor
la parte inferior de mi cuerpo. Entonces
bailo sobre tu silueta,
convertido en fantasma, en ola tenue,
en el silencio que oculta
el corazón del calor;
en esa gota de traspiración
 que busca tu cuello
como un lánguido suicida de tus poros.

Beso tus pies. Mi cuerpo trepa al tuyo:
montaña tersa y suave que se abre
bajo la índiga pica de mi entraña.

GOCHO VERSOLARI
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