sábado, 12 de noviembre de 2016

En el Jardín de Gocho Versolari




En el jardín de Gocho Versolari

las rosas tienen nombre antiguo.

En los atardeceres,

gimen y se tornan humanas. Por las noches

recorren como espectros las fuentes,

los canteros;

las tres casas de pan que se levantan

en el área del dolor.



Por las mañanas vuelven a ser rosas

y toda historia de amor, de olvido,

de encuentros y abandonos,

termina en espinas afiladas

y en pétalos que se deshacen con la brisa.
II

En el jardín de Gocho Versolari,

hay plantas afiladas

que tienen serpientes como frutos.

El poeta las recorre en los crepúsculos;

los ofidios sisean,

y escapan como rayos perennes.


La serpiente mayor,

de rayas naranjas sobre fondo rojo,

es la madre del bardo.


Lo engendró  cuando el fuego

aún se separaba de la luz

y corría como un animal

oscuro,

 caliente,

por valles y laderas,

por pechos y por vientres.


III

En las noches,

el jardín de Gocho Versolari recoge a los delirios

que se desgajan del tronco de los sueños.

Con el tiempo han aprendido a desplazarse

y formar ejércitos de luciérnagas cerriles.

Cuando el poeta se descuida,

se levantan en tropel contra  su sangre,

armados con lentas dagas de galápagos

IV
Otras noches

 las ninfas visitan al anciano vate. Les basta

apoyar los pezones en el rostro arrugado

y luego evaporarse en el aliento

que exhalan las estrellas.
V

Hay en el jardín de Gocho una farola

con luz esculpida por cencerros cuadrados. El aedo

escribe los versos con su semen

y al reflejarlos en el resplandor azul,

los universos se vuelcan en la hierba

y corren como cucarachas

en busca de la esfera decimal,

que es la propia cabeza del poeta:

sin diámetro, sin circunferencia;

sin sueños ni vigilias.

Tan sólo se alimenta  

de hormigas, de abejas,

de suspiros de cisnes;

y de buitres del sol.




GOCHO VERSOLARI



Ilustración: Max Ernst
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