jueves, 12 de enero de 2017

El niño




El niño que estuviera encerrado durante dos milenios
salió por partes mientras el vendaval
bramaba en las laderas y por vez milésima
 se llevaba tu casa


 El niño atornilló los brazos, ajustó su cabeza
y caminó de cara a la lluvia mientras un día sin memoria
blandía martillos de luz sobre sus rizos.

Tu manía de salir descalza en las tormentas
te condujo al lago. Allí la furia
se concentró en dos lenguas  de agua  
que antes de la madrugada
 se convirtieron en serpientes 
y se devoraron por sus colas.

Tomaste al niño de la mano
y ofreciste pan, leche; un lecho tibio
mientras el agua helada ondulaba sus gritos
y un monstruo antiguo se perfilaba en las sombras.

Tú y él se dirigieron al sur del lago
donde los espectros realizan sus mitines las noches de tormenta.

Escampó cuando tu pie derecho
pisó la cabeza de un gorrión que muriera
siete mil años atrás. 

Su cuerpo:
un palimpsesto pajarino,
donde las aves escribirían  historias
hasta trazar el cordón dorado que uniría el centro de la tierra
con el corazón del cielo. 

Entonces el niño se convirtió  en un anciano súbito,
te tomó de los brazos 
y se unió a ti en el barro circular.

 Los ángeles de la lluvia
se precipitaron flamígeros, enhiestos;
tu sexo conjuraba el alma de los vendavales. 

El orgasmo
engendró mundos cuadrados 
con rostros de monstruos y de ángeles. 

El orgasmo
amasó la noche
para que un dragón ceniciento la masticara y la escupiera 
sobre los picos de las catedrales.

Seguiste copulando con el niño
hasta que las puntas de los pinos perforaron el cielo
y una lluvia inaugural de semen y vainilla
engendró abismos, plétoras
y un puente tan delgado
como uno de los cabellos de tu pubis. 

Ahora lo recorres descalza. Ojos desorbitados.
Cuencos enhiestos sobre los huracanes;
vasijas de pan que beben caracolas,
estrellas,
edredones
y las azules preñeces de la luna.

GOCHO VERSOLARI