viernes, 16 de febrero de 2018

Hay un caballo flotando en la alborada





Hay un caballo flotando en la alborada. Lo observo. Lo estudio,
en esta ciencia equina de los sueños.
Lo acaricio, me trepo
y las nubes y los muros se disuelven a mi paso. El sol
llega de pronto como tu mirada
cuando cae desde el día, imprevista. La siguen tus pezones
y luego tu vientre y las plantas de tus pies
hasta que te armas en la mañana
y lentamente te acercas
y explotas en mis cercanías. 
Tomo tus pedazos, los subo a la grupa y entonces vuelvo a armarte. El sol
se prende de tu sexo como un cachorro empecinado
y ríes como loca y a tu risa
se crean pueblos y mundos y universos
y el caballo relincha y a su grito
se cubre de buitres luminosos 
 la explosiva aurora de la vida. 

II




Hay un caballo flotando en la alborada. Lo tomo de las riendas
y lo hago beber en el río de las cosas
donde flotan tu rostro, tu vientre, tus piernas. Tu sexo
se encarama en los árboles sagrados de la aurora
Más tarde rodaremos por colinas azules;
 retozaremos tomados de los vientres
y trazaremos niños y seres cenicientos
sobre la hierba de la madrugada. Con un gesto
diseminas simultáneos retratos de ti misma
caminando entre frondas, por senderos,
todas descalzas en un atardecer herido, a veces con arroyos,
a veces con cenizas. Tus dobles en las vidas paralelas
  pronuncian mi nombre con un perfecto coro
y los psicopompos de la atmósfera
te traen hasta mí, los ojos muy abiertos. Tus piernas de metal
recogerán la seda de los días,
enrollarán los gusanos de la muerte,
galoparán las manillas del deseo
y en un vómito cósmico caerás sobre mí 
y volveremos a revolcarnos sobre las constelaciones
y las tersas colinas del vacío 
reverberarán en nuestros pechos; modelarán un golem
con la carne salada 
del lucero. 


GOCHO VERSOLARI


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