lunes, 26 de marzo de 2018

Todas las noches un monstruo te devora.



Atenazado por un sueño verde,
veo tu cuerpo desnudo; estás despierta
los labios húmedos,
los ojos entornados. El monstruo
empieza devorando tus pies; 
al escuchar el eco de un gemido
sé que traspusiste el límite
entre el dolor de los desgarros
y el salvaje placer.

Atado por los suaves tentáculos del sueño
veo como el meticuloso monstruo
acaba con tus senos, con tu estómago;
deja para lo último tu cabeza: 
cuello, boca ojos;
masticará hasta el último cabello. Luego
regurgitará tus uñas: 
lo único no digerible
en esa mezcla de comida y cópula.

No puedo ver el monstruo. Como tal
carece de forma y de sentido. 
Siento el placer. 
El sueño tibio
que lo acomete mientras me da la espalda
donde una cordillera de cartílagos
asoma verde bajo la tenue luz. 

Sé que de alguna forma 
te reúnes a ti misma en la entraña de la bestia. 

Tus pies se arman primero. Ellos convocan
piernas, vientre, 
alma, sexo y senos
Cuando la noche cumpla el primer ciclo
empezarás a trepar el interior del monstruo. 
De a poco,
invadirás  sueños,  pecho y deseos  de la bestia;
como una nube suave
 filtrarás el rostro,
la garra,
los vacíos
y a eso de las cuatro
el monstruo mostrará un contorno femenino
y con el primer brillo de la aurora
volverás a yacer a mi costado.
Recién entonces,
el sueño aflojará las coyundas 
hechas de querubines y de aceros. 


Me ha excitado esta cópula callada
ese poseer, ser poseído, 
comer y ser comido;
la evocación del masoquismo,
la entrega silente y jubilosa. No te resistes
cuando te tomo de la cintura,
y te beso
del silencio del pelo
a las uñas de los pies. Me exiges penetrarte
y el orgasmo es un puñal agudo
que se agranda, se estira,
se marcha, regresa y acuchilla
los monstruos que se ocultan 
en la tenue mañana de verano.

GOCHO VERSOLARI
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